Contentamiento
El contentamiento, segundo de los ‘niyamas’, está muy relacionado con la felicidad. Podríamos decir que consiste en una ‘aceptación alegre y sostenida’ de las circunstancias de nuestra vida llevándonos a valorar tanto lo positivo como lo negativo que se da en ellas.
Es evidente que la aceptación resulta fácil para las circunstancias positivas, pero no tanto para las negativas.
El yogui tiene una visión de la vida que le lleva a entender que todo lo que sucede tiene un por qué, seamos o no capaces de entenderlo. La ley de causa y efecto está actuando de manera permanente y eso es lo que atrae hacia nosotros, junto con otros factores, determinadas experiencias. El yogui entiende que estamos en esta vida para aprender, y que a través de ese aprendizaje vamos eliminando la ignorancia o velos de la mente que son los que en última instancia nos separan de la Verdad: todos estamos conectados a través de nuestra esencia a Dios y por lo tanto todos estamos conectados entre nosotros. Es por ello que el yogui intenta dejar a un lado sus prejuicios y acepta lo que la vida le trae. Si mantuviera sus prejuicios lo único que conseguiría sería aumentar el sufrimiento producido por el problema en cuestión, impidiéndole ver más allá y aprender lo que necesita aprender con esa experiencia. El yogui no pierde el tiempo lamentándose por la experiencia sino que busca más allá para entender lo que le está queriendo decir. Para lograr esto necesitamos un gran desapego y discernimiento, pero sin duda una vez que nos instalamos en esta visión los problemas pasan a ser tremendamente constructivos y aleccionadores para nosotros, y el sufrimiento es menor.
En lo que al contentamiento de las circunstancias positivas de nuestra vida se refiere, resulta más complejo de lo que parece. Para empezar, tenemos un factor biológico que nos condiciona en contra: la formación reticular. Es una estructura del cerebro por la que pasan todas las percepciones que vamos teniendo y que se encarga de filtrarlas, de manera que apenas el 20% de toda la información que percibimos llega a la corteza cerebral donde pasa al consciente. Probablemente sea un mecanismo de supervivencia que desarrolló el humano primitivo. Veamos. Cuando el hombre de las cavernas se movía en un entorno hostil, necesitaba estar permanentemente en alerta para identificar los peligros lo antes posible: era cuestión de supervivencia. Es por ello que al llegar a un entorno conocido, por ejemplo cercano a la cueva, el cerebro simplemente reparaba en aquello que no encajaba con imágenes anteriores. Esto le llevó a desechar mucha información y a seleccionar en tiempo récord aquello que no encajaba y que por lo tanto podía representar un peligro. El problema es que esta situación a día de hoy no es común pero nuestro sistema nervioso sigue condicionado por esta formación. Las consecuencias es que nuestra mente está acostumbrada a fijarse en lo nuevo y no presta atención a lo antiguo, lo cual nos lleva a la monotonía y a la no valoración de lo cotidiano. El contentamiento busca exactamente lo contrario, ser capaz de percibir y ser consciente de aquello bueno que hay en nuestras vidas y valorarlo. Hay un dicho que reza ‘sabio es aquel que levantándose por la mañana abre la ventana y ve siempre un paisaje distinto’. Es esa capacidad de estar presente en el ahora y de no dar por sentado nada de lo bueno que tenemos. Necesitamos por lo tanto reeducar nuestra mente y hacer el ejercicio consciente de valorar nuestras circunstancias. Esto requiere estar presente en el ahora y conectarnos con lo que nos rodea a través del sentimiento y no tanto de la mente. Con esto hacemos un ‘bypass’ a la formación reticular, permitiéndonos observar y captar la esencia de aquello que hemos visto tantas veces y creíamos conocer tan en profundidad. Sin duda nos sorprenderemos al observar que con esta forma de acercamiento a la realidad que nos rodea, descubrimos que en nuestro entorno hay multitud de cosas por descubrir, y que la monotonía no es sino un engaño de la mente. Por el contrario, cuando damos por sentado que conocemos algo en profundidad cerramos las puertas a descubrir nuevos aspectos del objeto observado.
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