No avidez
La avidez se define como ansia o codicia. En los textos clásicos del yoga se le diferencia de la codicia y se le relaciona también con el robo en su forma más burda.
Una vez más intentaremos desentrañar lo que en su sentido más sutil significa la avidez. La avidez nos lleva a desear cosas que no nos son legítimamente propias. Si satisfacemos dichos deseos, estaremos cayendo en lo que al plano físico se refiere como robo.
El sentido sutil de la avidez va mucho más lejos del aspecto físico y material. Hemos dicho que la avidez implica desear lo que no es legítimamente propio.
Es evidente que la educación que recibimos en las sociedades occidentales, de manera general, tienden a hacer que nos comparemos con los demás. Desde que somos pequeños en el colegio se premia a los que mejores resultados obtienen, no a aquellos que más se esfuerzan. Indudablemente las capacidades de cada uno son distintas y no podemos comparar por resultados, ya que son distintos. De comparar, aunque el yoga directamente no ve tal necesidad, habría que hacerlo en función de los esfuerzos de cada uno.
La educación va condicionando nuestro subconsciente de manera que se integra en nosotros el hecho de compararnos con los demás en las distintas área de la vida. Ya sea material, económico, familiar, afectivo, físico, intelectual, etc. Una prueba evidente de ello es la práctica del yoga. Cuando practicamos no podemos evitar mirar al resto para evaluar y comparar nuestra flexibilidad frente a la del otro. El yoga dice que este afán por compararnos no nos lleva más que a la desdicha porque siempre habrá en otra persona aspectos de su vida que sean “mejores” que los nuestros, como también habrá otros aspectos que sean “peores”. Claro que el concepto mejor y peor no es como tal utilizado por el yoga, porque las cosas simplemente son lo que son y es nuestra percepción de ellas, unida a la comparación con nuestros conceptos de bueno y malo, lo que lleva a que les pongamos una etiqueta u otra.
Fruto de esa comparación nace el deseo de poseer esa cualidad del otro, lo que según el yoga es avidez.
Para el yoga la avidez es negativa, entre otras cosas, porque desestabiliza la mente generando emociones destructivas. Nos lleva a la ambición y a querer siempre más de lo que tenemos (no sólo en el aspecto material) y de ahí a la insatisfacción, pudiendo degenerar en los celos y la envidia.
Según el yoga, la mejor forma de trabajar para evitar la avidez en nosotros es la aceptación. En la medida en que somos capaces de aceptarnos como somos y aceptar el entorno en que vivimos tal y como es, nuestra mente se serena y deja de desear cosas que no tiene. De ahí nace el contentamiento y la calma mental que desemboca en la dicha y satisfacción con aquello con lo que a cada uno le ha tocado vivir.
Los yoguis creen que las circunstancias bajo las cuales cada uno ha nacido tienen un objetivo concreto y en ningún caso son fruto del azar. Cada uno nace en una familia y en un entorno determinado con el fin de aprender algo de todo ello. Esta visión les permite aceptar más fácilmente sus circunstancias, entendiendo que es algo necesario y bueno para el desarrollo de su espíritu, aunque quizás su mente y su cuerpo no estén satisfechos con ello.
Para poder entender bien este yama resulta necesario aclarar algunos factores que pueden llevar a malos entendidos. Primero hay que diferenciar avidez del deseo de mejorar. El deseo de mejorar es algo innato a todo ser humano ya que la evolución está contenida en nuestro código genético. Un deseo por mejorar, es algo sano y que nos lleva, partiendo de la aceptación a buscar algo bueno para nuestra evolución y para nuestro entorno. No pedimos a la vida algo por lo que no estamos dispuestos a trabajar. Como tal, no lleva componentes negativos tales como las prisas, etc. y no nos lleva a pasar por encima de los demás con tal de conseguir nuestro objetivo. Por el contrario, la avidez parte de la no aceptación de nuestras circunstancias y desde ahí genera insatisfacción e intranquilidad al que la padece, no teniendo unos objetivos de mejora claros y siendo normalmente el objeto de deseo algo que no está relacionado con la evolución del espíritu. Nos lleva a pasar por encima de los demás.
De aquí podemos entrever que se hace necesario diferenciar también entre aceptación y fatalismo, resignación o estancamiento. La aceptación nos permite vivir tranquilamente y con satisfacción el presente, pero la aceptación no quiere decir que no exista un deseo sano de mejorar las condiciones presentes. Parte de que hay cosas por mejorar y pone los medios para ello, pero entendiendo que todo tiene un proceso lo cual le permite seguir viviendo y disfrutando del presente. Se podría concretar diciendo que no está identificado con los resultados de la acción, porque acepta y comprende la situación presente. El estancamiento, fatalismo o resignación niegan la naturaleza evolutiva del ser humano desde la no aceptación, pero también desde la no acción. Es decir, no aceptan las circunstancias y además no ponen los medios para cambiar el presente.
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