Miedo y el sentimiento de culpabilidad

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En la última clase comentábamos algunos de los obstáculos que nos solemos encontrar a la hora de meditar. Hacíamos una pequeña introducción sobre la parte positiva y negativa existente en todo ser humano. Hoy nos adentraremos un poco más en este tema…

Filosofías y religiones han coincidido a la hora de aceptar que en el ser humano existe una parte positiva, ligada a nuestro espíritu y de la que emanan nuestras virtudes y el deseo de ser mejores personas. Y una parte negativa, ligada a nuestra parte más instintiva (propia de nuestra biología animal) y a nuestros defectos. Estas dos partes, conviven en nosotros teniendo cada persona más activa una u otra según sus valores y voluntad.

De la refinación de estos instintos surgen la ambición, la impaciencia, la intolerancia, el orgullo, la búsqueda de valoración, la vanidad, etc., que tienen como denominador común el egoísmo: pensar en mí sin tener en cuenta a los demás.

Así pues todas esas manifestaciones nacidas de la negatividad son en cierta medida comprensibles (en la medida en que en el hombre primitivo fueron necesarias para perpetuar la especie). Pero ahora disponemos de un grado de conciencia superior, y cada día más gracias a la espiritualidad y la ciencia moderna que ubican al ser humano en su lugar, formando parte de un todo: todos hemos nacido de la misma Fuente, por lo que en esencia somos lo mismo (a pesar de que los aspectos accidentales o circunstanciales sean distintos).

Cuando tenemos unos valores claros no nos dejamos llevar por el instinto (tales como el de supervivencia y perpetuación de la especie) que está profundamente arraigado en nosotros (aunque de una manera más sutil). Esos valores se contraponen al egoísmo nacido de nuestro instinto, y nos llevan a actuar de una manera más evolucionada buscando el bien de todos y no sólo el nuestro. Ahora bien esto requiere un trabajo gradual que nos lleve a hacer lo que consideramos que debemos de hacer por encima de los impulsos.

Es por ello que debemos revisar nuestras creencias asociándolo a la nueva realidad, y dejando atrás los paradigmas antiguos que están basados más en la competencia que en la cooperación, construyendo así una nueva visión que nos lleve a hacer y vivir de una manera distinta. Tenemos un ejemplo muy cercano que nos ilustra esta necesidad. Observemos nuestras células, si compitieran entre ellas no sería posible que nuestro cuerpo existiera, ahora bien ellas han entendido su rol dentro de nuestro cuerpo, cada una lo asume entendiendo que al hacer eso como corresponde se está beneficiando todo el organismo y por lo tanto asegurando su existencia.

Ahora bien todo este proceso de cambio de paradigma o de visión no resulta fácil, porque tenemos unos moldes muy arraigados, que además son realimentados por la educación que recibimos y los medios de comunicación de los que nos nutrimos. A esto le tenemos que unir que nuestra parte negativa, más instintiva y conservadora, teme el cambio. Es por ello que intenta evitar esa evolución natural de nuestras conciencias y para ello se vale de diversos mecanismos, entre ellos el miedo y el sentimiento de culpabilidad.

Observemos el sentimiento de culpabilidad. Cuando estamos haciendo algo y nuestra mente es medianamente consciente de que aquello no debe de ser así, la tendencia es a mirar hacia otro lado y acelerar el proceso para llevar acabo la acción (por el supuesto bien que a corto plazo que aquello nos genera). Más tarde surge en nosotros un sentimiento de culpabilidad, que tiene dos componentes esenciales. La primera es que ayuda a que en cierta medida nuestra conciencia quede tranquila, porque no pasa por alto el hecho en sí, sino que tomamos consciencia y nos sentimos mal, y eso deja a mi conciencia tranquila. La segunda es que no nos permite que analicemos la situación. Es decir, no nos deja indagar sobre cómo evitar volver a cometer el mismo error. Esto lo hace a través del rechazo a nosotros mismos, de la vergüenza, etc. Con este mecanismo nuestra parte negativa se asegura el control y mantiene las cosas como están, ya que por un lado le da un señuelo a la parte positiva diciendo ‘sé que lo he hecho mal y me siento mal por ello’ y por otro no permite analizar las causas que lo generaron y por lo tanto impide el cambio.

En lo que al miedo se refiere, empecemos haciendo el siguiente ejercicio ya sea a través de la imaginación o de manera real. ¿Qué aparece en mi mente cuando entro en una habitación que está oscura y donde no puedo percibir absolutamente nada? La tendencia general es a proyectar aquello que tememos. Es curioso que en esa situación no proyectemos algo bonito o agradable sino que hagamos justo lo contrario. La oscuridad abre un espacio en el que nuestra mente no tiene en dónde apoyarse generando inseguridad y miedo, de ahí sus proyecciones. Así pues la ignorancia o desconocimiento hace que proyectemos aquello que tememos y nos hace huir de esa situación. Nuestra parte negativa se vale de esto para mantener ocultas dentro de nuestra mente determinadas cosas con el fin de que no nos enfrentemos a ellas. En el momento en que pongamos luz sobre ellas, tomaremos consciencia de lo que es y en ese momento nos capacitamos para poder aceptar aquello y transformarlo. Así pues a nuestra parte negativa le conviene mantener oculto a través del miedo, determinados contenidos porque eso le asegura que no nos atreveremos a indagar más allá, asegurándose que nos quedamos como estamos. Recordemos el ‘Show de Truman’, donde simplemente a través del miedo al agua le consiguen confinar en un escenario. Eso mismo hace nuestra parte negativa con nosotros, se vale del miedo para mantenernos confinados a una experiencia limitada y de esta manera nos impide cuestionarnos determinadas cosas y enfrentarnos a ellas, porque eso abre un espacio hacia una nueva forma de ser más generosa e integradora, y nuestro instinto lo teme.

Una vez que hemos tomado consciencia de los mecanismos de los que se vale la parte negativa para mantener su influencia, y por lo tanto el control, nos predisponemos a desenmascararlos más fácilmente. Cuando veamos que sucede alguna de estas cosas, intentemos ir más allá comprendiendo que quedarnos en no analizar nos lleva a no aprender. Si somos capaces de hacerlo veremos que al superar los miedos y sentimientos de culpa podemos cambiar aquello que estaba generando ese malestar desapareciendo este para siempre.

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Obstáculos en la meditación

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Numerosos son los obstáculos que encontraremos para poder meditar. Los encontraremos tanto antes de sentarnos (pereza, falta de interés, etc.) como una vez sentados (dispersión, impaciencia, apego). Es por ello una buenísima oportunidad para observarnos y ver cuales son esos motivos que hacen que no me quiera sentar a meditar o impiden que medite una vez sentado. Sólo con el análisis de estos motivos ya estaremos sacando un provecho muy valioso de la meditación, ya que nos ayudará a conocernos más en profundidad. Al observarnos descubriremos falta de sinceridad con nosotros mismos, ya que intentaremos convencernos de que en realidad no tenemos tiempo para meditar o no podemos, o que la meditación es para otros. Veremos cómo nuestra mente busca excusas de todo tipo para evadirse de la meditación, lo cual tiene su por qué como a continuación explicamos. Todos nosotros tenemos nuestra parte positiva (de la que emanan las virtudes) y nuestra parte negativa (defectos), que tradicionalmente se ha representado con el ángel en un hombro y el diablo en el otro conversando con nuestra conciencia e intentando convencerla cada uno en su sentido. Como ya hemos comentado en otras clases, la meditación es una buena herramienta que nos ayuda a ir conociéndonos, ya que permite que aflore lo que hay en nuestro interior. De una manera intuitiva, nuestra parte negativa sabe que la meditación supone el principio del fin de sus vicios o defectos, y es por ello que intenta por cualquier medio poner obstáculos para impedirlo. El miedo y el sentimiento de culpabilidad son dos poderosas herramientas que utiliza nuestra parte negativa. Esta parte negativa usa el miedo para evitar que reflexionemos o nos enfrentemos a determinadas situaciones impidiéndonos superar aquello que nos frena, condiciona o incapacita. También usa el sentimiento de culpabilidad para dejar las cosas tal y como están, porque la culpa no quiere mirar a las causas de nuestra mala acción sino que nos deja lamentándonos sobre nuestra actitud o carácter, sin permitir que analicemos las causas, aprendamos y cambiemos.

Podríamos decir que cada uno pondrá, de manera inconsciente, sus propios obstáculos para no sentarse a meditar. Es por ello que de esta observación ganaremos mucho sobre el conocimiento de nosotros mismos, lo que nos permitirá saber qué debemos de trabajar internamente (unos tendrán que trabajar la pereza, otros no poner excusas y ser sinceros, otros el desapego, la constancia, el compromiso, etc.).

Dado que los obstáculos dependen de la naturaleza de cada persona presentamos, a modo de resumen, algunos de los que consideramos más frecuentes:

  • Impaciencia. En nuestra sociedad vivimos principalmente desde la mente, así pues esperamos que algo suceda mientras meditamos y si no es así tenemos la sensación de perder el tiempo o de no estar haciéndolo bien. Esta actitud es la que impide que meditemos porque nuestra mente está activa, buscando o esperando algo, y lo que buscamos es serenarla, reducir su actividad para abrir paso a otras expresiones de nuestro yo. Así pues seamos pacientes y tengamos en mente que sentarnos a meditar siempre es positivo y tiene un efecto sobre nosotros, aunque no seamos capaces de percibirlo
  • Apego a los resultados. Muchos son los que habiendo leído los beneficios que se derivan de la práctica asidua de la meditación se adentran en ella. Ahora bien, nos hemos acostumbrado a trabajar por cosas que dan resultados a corto plazo, y la meditación no da esos resultados de los que se habla en los libros a corto plazo (aunque sí otros como ya hemos comentado). El querer obtener los beneficios antes de tiempo nos lleva a la desmotivación y después al abandono. Así pues, sabiendo que la meditación da resultados desde el primer momento en que nos sentamos, no nos apeguemos a los grandes beneficios y sepamos ir valorando los “pequeños” (aunque yo no diría tan pequeños) beneficios que nos va aportando.
  • Falta de disciplina. En otras clases hemos comentado la importancia de crear un hábito (horarios, lugar, etc.) para que la mente identifique los patrones y se predisponga a meditar. La falta de disciplina impide que estos patrones se creen, dificultando el progreso en la meditación y minando nuestra moral, teniendo por último resultado el abandono.
  • No seguir la técnica. En los primeros años de meditación seguir una técnica fija para meditar nos ayuda a generar el hábito que predispondrá a nuestra mente a meditar. Así pues una vez que hemos comprendido el sentido de la técnica acojámoslo y cuando dominemos la meditación podremos prescindir por completo de él, porque aquello será en nosotros de una manera tan clara y evidente que pequeños signos nos predispondrán a tal estado.
  • Postura inapropiada. Para poder serenar la mente el cuerpo tiene que estar en una postura cómoda (que no haya tensiones y que podamos mantener durante largo tiempo). Además la postura ha de asegurar un correcto fluir de la energía por el cuerpo, especialmente en la columna vertebral.
  • Hábitos mentales y físicos. Si tenemos poca costumbre de concentrar la mente (ya sea a través de la lectura u otras actividades) nos resultará más complicado meditar. Así pues, apaguemos de vez en cuando la radio y la televisión y dejemos que la mente se relaje adentrándose con las actividades cotidianas que lo permitan (limpieza de la casa, cuidado de plantas o animales, cocinar, etc.). Las personas muy mentales encontrarán más dificultades para meditar que aquellas que tienen una conexión más fluida con su sentimiento. Una vida externa sobrecargada de movimiento físico tiende a promover una mente agitada e inestable.

A medida que nos sentamos a meditar observamos como todos estos obstáculos aparecen y, tras la toma de consciencia apropiada y la concentración correcta, desaparecen con el tiempo, haciendo de la meditación una actividad placentera y renovadora, que vitaliza nuestro ánimo y nuestras emociones positivas.

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Meditación: ¿Por qué meditar?

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El hombre está formado por su cuerpo, su mente y su espíritu, y si quiere disfrutar de una vida sana debe de cuidar estos tres aspectos. La sociedad occidental se ha centrado en el cuidado del cuerpo, lo que ha permitido, en general, que tengamos buenos niveles de salud física. Ahora bien, no es raro encontrar en las personas ciertos problemas relacionados con la mente y el espíritu, tales como la incapacidad de relajarse, de parar la mente, de disfrutar con plenitud, de canalizar las emociones negativas (ansiedad, estrés, agresividad, impaciencia…). Es sabido que cuando no se cuida el cuerpo surge la enfermedad física, así pues no es de extrañar que cuando no se cuidan la mente ni el espíritu surgen los problemas o enfermedades mentales y espirituales (desasosiego, depresión, insatisfacción con nuestras vidas, etc.).

Las máquinas diseñadas por nosotros tienen la necesidad de parar cada cierto tiempo para ser mantenidas, así pues ¿por qué extrañarse de la necesidad de cuidar de la mente y del espíritu? Resulta, pues, curioso que muchos se sorprendan cuando toman consciencia de la necesidad de cuidar la mente y el espíritu, y es que el prejuicio de que ni es necesario ni es importante está fuertemente arraigado en nosotros.

¿Cómo se deben cuidar la mente y el espíritu?

La meditación es una disciplina mental esencial que nos ayuda en el cuidado de la mente y del espíritu, de ahí que todas las religiones y corrientes espirituales la hayan adoptado bajo formas diversas.

Seamos conscientes de ello o no, estamos muy condicionados por nuestra cultura, educación y demás prejuicios personales, lo que nos limita a la hora de decidir y expresar aquello que realmente queremos o creemos que debemos expresar. Es por ello que para poder llevar una vida satisfactoria necesitamos observar y revisar todos esos contenidos de la mente (lo que tradicionalmente se ha llamado introspección). Cuando nos sentamos a meditar empiezan a aflorar todos estos contenidos que no están bien colocados, de la misma manera que cuando la corriente de un río empieza a amainar, aparecen poco a poco las rocas del río que anteriormente eran invisibles. Con nuestra mente en activo resulta imposible que estos contenidos afloren, de ahí la importancia de la meditación. Meditar no es pensar en esos contenido pero si observarlos y tomar consciencia de ellos. Posteriormente, podremos analizar cómo creemos que me está limitando o condicionando aquello que he descubierto y buscaremos la forma de encajar esa pieza del puzzle apropiadamente en nuestra mente para que no genere desorden.

Con la meditación logramos concentrar la mente y por lo tanto vivir más plenamente el presente. Este control mental nos permite parar el proceso de pensamiento, poniéndole en su lugar y sacando de nuestras vidas a ese intruso (el pensar indiscriminado y permanente) que se cuela cuando quiere en ella, impidiéndonos estar tranquilos y disfrutar.

Todos pasamos por épocas en las que no sabemos qué sucede pero nos sentimos extraños como si algo no fuera bien. La desconexión con nuestro espíritu (nuestro interior) no nos permite identificar la causa de aquello, lo que nos lleva a actitudes extrañas y muchas veces a tomar decisiones que no tienen nada que ver con el asunto en cuestión por el mero hecho de desconocer su causa. La meditación nos ayuda a parar la mente y abre un espacio que permite que afloren nuestros sentimientos más profundos. Al aflorar tomamos consciencia de ellos, lo que nos pone en una situación privilegiada para poder analizarlos y cambiar lo que sea necesario.

Muchas de nuestras decisiones más importantes en la vida han sido tomadas con poco convencimiento o claridad debido a nuestra poca conexión con nuestro espíritu. La meditación, nos conecta con él ofreciéndonos una información valiosísima para decidir desde nuestra verdadera necesidad y no desde los prejuicios, miedos, o lo que los demás piensan.

La meditación es un tónico mental y nervioso, ya que logramos que la energía vital fluya armoniosamente. Además, nuestra capacidad de análisis y discernimiento (tanto intuitivo como racional) se ve aumentada, lo que nos ayuda a tomar decisiones con consistencia.

Muchas personas, después de lecturas relacionadas con la meditación se ven pronto desilusionadas ante la dificultad de conseguir los resultados esperados de manera inmediata. Pero al igual que en la práctica del Hatha Yoga, la meditación empieza a dar beneficios desde el primer momento en que nos ponemos a ello. A lo largo de todo ese camino de aprendizaje y de asimilación de experiencias vitales, van aflorando de nuestra mente todos nuestros deseos no colocados, miedos, prejuicios, negatividades, etc., que son los que nos impiden vivir plenamente.

Todo ese proceso es, por lo tanto, muy necesario ya que nos permite ir colocando en nosotros mismos todo aquello que no está en su lugar, y que disturba nuestra mente y nuestra serenidad. Según vamos avanzando en este proceso nuestra mente va estando más calmada y el estado meditativo surge.

Empecemos por lo tanto por deshacernos del prejuicio que nos lleva a no valorar ni aprovechar el proceso, y entendamos que el fin llegará por sí mismo una vez que hayamos tomado las medidas apropiadas para conseguirlo, es decir, sentarnos asiduamente a meditar.

Nota: No es recomendable que las personas que sufren depresión se inicien en la meditación, ya que es normal al principio que nuestra mente divague y se ponga a pensar en lo que nos preocupa. En el caso de depresiones esto no es aconsejable porque puede acentuar la enfermedad.

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Meditación II

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En la clase anterior ubicamos el lugar que ocupa la meditación dentro de la práctica del Raja Yoga (recordamos que el Hatha Yoga forma parte de éste). Hoy comentaremos los aspectos más prácticos de la meditación.

Es necesario empezar diciendo que la meditación como tal no puede ser enseñada, ya que es un estado de la mente que sobreviene en un momento dado, bajo unas circunstancias concretas. En este sentido, y a modo de símil, podemos referirnos a sueño (en el sentido de dormir, no en el de ensoñación). Nadie puede enseñarnos a dormir, nos pueden dar una serie de pautas que nos predispongan a ello, pero que de por sí no aseguran el resultado. Nos pueden enseñar a ponernos el pijama, a lavarnos los dientes, apagar la luz, meternos en la cama, e incluso adoptar una postura concreta, pero hasta ahí llega la enseñanza. A partir de ahí el sueño sobrevendrá o no, y nadie nos puede enseñar como. Es más, no podemos luchar contra la mente, si esta mantiene su actividad impidiendo al sueño hacerse presente. Queda con esto dicho que lo que a continuación exponemos es un método (uno dentro de los muchos que existen en Yoga) para prepararnos a la meditación.

Por otro lado sí que resulta de interés explicar de antemano el por qué de la necesidad de un método y de los beneficios de seguirlo (al menos mientras sigamos siendo principiantes en la meditación). El Yoga ha desarrollado un profundo conocimiento de la mente humana y ha entendido que a través de la creación de hábitos podemos predisponer a nuestra mente para que entre en un estado concreto. Esto es lo que buscamos a la hora de seguir el método, dar unas pautas a nuestra mente para que, según las va identificando, vaya poco a poco adentrándose en ese estado, cada vez más familiar, de la meditación. Evidentemente, cuando hayamos adquirido la práctica suficiente y un buen control de la mente algunos de estos elementos sobrevendrán casi por si mismos sin necesidad de pensar en ellos.

Veamos a continuación algunos factores importantes en la meditación:
1. Horario. Resulta de gran ayuda meditar siempre que se pueda a la misma hora, y preferiblemente al amanecer y/o al atardecer. Aún así observemos nuestra naturaleza, cada uno la suya y veamos en que momentos del día creemos nosotros que tenemos una mayor facilidad para meditar.
2. Lugar. Lo ideal es que sea un sitio exclusivo para la meditación, o en su defecto un rincón de una habitación en la que no se suela hablar mucho, ni haya una televisión. Recordemos que la mente humana actúa como emisor y receptor de ondas cerebrales (electromagnéticas) que tienen la misma naturaleza que las ondas de radio y televisión. Así pues, meditar en un sitio de gran actividad mental dificultará la práctica. Preferiblemente orientémonos mirando al Norte o al Este.
3. Postura.
a. La columna vertebral ha de estar recta y si nos resulta posible sin estar en contacto no nada. No es necesario meditar en la postura del loto, ni siquiera en el suelo, podemos hacerlo en una silla sin apoyarnos en el respaldo.
b. Las piernas han de estar cruzadas con el fin de que el flujo energético del cuerpo no se disipe a través de los pies sino que vuelva a ser reorientado en un ciclo sin fin.
c. Las manos apoyadas, por ejemplo, sobre las rodillas con el índice y corazón unidos.
4. Tiempo. Empezaremos meditando 20 minutos aumentando el tiempo según nos vaya siendo cómodo.

En lo que al método en sí, recordemos que este es uno de los métodos que existen entre otros muchos. Digamos que de la misma manera que la relajación es un estado y hay muchos caminos para llegar a éste, la meditación es un estado y hay muchas técnicas para llegar a esta.

El hecho de seguir los mismos pasos del método que presentamos, ayuda, como ya hemos dicho, a crear un hábito que nuestra mente identifica y relaciona con la meditación haciendo más fácil ésta. Los pasos a seguir son:
1. Una vez que estamos sentados tomamos consciencia del momento presente, de por qué nos sentamos a meditar, es decir, traemos nuestra conciencia al ahora.
2. Vamos regulando poco a poco la respiración de manera que mantengamos una respiración con un mismo ritmo, que vaya entrando en la monotonía. Si es posible respiramos abdominalmente.
3. Una vez que mi mente se va sosegando a través de la respiración lenta, observamos la mente. Puede que al principio esté muy activa, no importa, no luchamos contra ella. Si luchamos generamos una forma de energía agresiva que dificultará aún más la meditación. Con paciencia, y siguiendo la respiración rítmica, finamos la mente ya sea en el entrecejo o en el plexo solar (esternón). Ahora resulta más fácil fijar la mente, ya que ésta necesita un objeto sobre el que estar posada. Si no hay objeto se aferrará al primer pensamiento que aparezca por ella. Elegimos siempre el mismo punto donde fijar la mente (recordemos que estamos intentando generar un hábito) y si nos resulta complicado fijarla porque no percibimos la sensación táctil de ese lugar podemos visualizar la llama de una vela en el punto de meditación elegido, lo cual ayudará y facilitará a mantener la concentración.

Con la práctica iremos observando cómo nos resulta cada vez más sencillo mantener nuestra conciencia en el punto de concentración sin que pensamiento alguno disturbe dicho estado. Como en la creación de cualquier hábito la perseverancia y asiduidad son claves si queremos lograr nuestro objetivo.

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Meditación I

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Hemos comentado en otras ocasiones que el Hatha Yoga forma parte de uno de los cuatro senderos del yoga: el ‘Raja Yoga’ o yoga de la mente. Pero el Raja Yoga no sólo comprende el ‘Hatha Yoga’ sino otras formas de yoga como pueden ser el kundalini yoga. El ‘Raja Yoga’ se caracteriza por tener ocho etapas que llevan progresivamente a la consecución del fin último del yoga: la realización del Ser, es decir, el percibir de manera clara y permanente la unión con la Consciencia Universal (o Dios) y por lo tanto con los demás. Una vez eliminado de nosotros la ilusión de la separación y habiendo experimentado que la esencia que nos anima es la misma, para el hombre realizado deja de tener sentido el tratar a otros de manera diferente a como se trata a sí mismo. Entiende que hacer esa diferenciación sería lo mismo que tratar de manera distinta mi mano izquierda de la derecha, cuando en el fondo forman ambas parte de mí. Como es de esperar el proceso por el que logramos dicha realización conlleva la transformación del egoísmo (una vida basada en el yo) en generosidad y amor (una vida en la que me mantengo pendiente de las necesidades de los demás).

Las ocho etapas tienen un orden lógico como explicamos a continuación:
1. Restricciones (Yama).
2. Observaciones (Niyama).
3. Posturas físicas (Asana).
4. Control del prana a través de la respiración (Pranayama).
5. Retracción de los sentidos (Pratyahara).
6. Concentración (Dharana).
7. Meditación (Dhyana).
8. Supraconsciencia (Samadhi).

En las últimas clases venimos hablando en detalle de cada unas de las ‘restricciones’ y ‘observaciones’ que tienen por objetivo ir transformando poco a poco nuestra negatividad que al final nos impide y condiciona en la expresión de lo que realmente somos, un espíritu con cualidades positivas como el amor, la aceptación, la generosidad, la compasión, etc. Los yoghis han experimentado que si seguimos las pautas marcadas por las restricciones y observaciones, el hombre camina hacia una vida de felicidad y de plenitud. Si por el contrario no las sigue habrá una mayor tendencia hacia la frustración y el vacío.

Tradicionalmente en India, una persona que se quería adentrar en el estudio del yoga (como estilo de vida y forma de perfeccionamiento humano) no empezaba con la práctica física (lo que conocemos en occidente por yoga) hasta no haber desarrollado en cierta medida los puntos uno y dos. Para el Yoga, como para la ciencia occidental, una grandísima parte de las enfermedades tienen su origen en nuestra forma de vivir y más concretamente en el uso que hacemos de la mente (origen psicosomático de las enfermedades). No tiene pues sentido empezar a trabajar el cuerpo, para devolverlo a su estado natural de salud y flexibilidad, si lo que causa la enfermedad sigue estando presente: violencia, mentira, falta de contentamiento, avidez, etc. Una vez realizado ese trabajo de mejora personal, comenzaban a aprender las ‘posturas físicas’ y el pranayama, con el fin de mantener el cuerpo y la mente sanas, a la vez que se armonizaba el flujo energético en el cuerpo.

Habiendo logrado una limpieza de mente (lo que implica limpieza de pensamiento, de acción y de sentimiento) y habiendo preparado el cuerpo el yogui está preparado para adentrarse en la meditación. Es de esperar que si una persona no ha hecho ese trabajo previo, cuando intente meditar habrá un montón de pensamientos ‘no colocados’ que aparecerán en su mente buscando su lugar.

Siguiendo con el punto cinco, en las clases de yoga vamos trabajando la retracción de los sentidos a través de la interiorización, por medio de la concentración de nuestra mente sobre la respiración, los órganos, etc., intentando desconectarla del mundo exterior con el que nos comunicamos a través de los sentidos.

Los tres últimos pasos están relacionados aunque difieren grandemente en su naturaleza. Dharana consiste en ir concentrando la mente en objetos, externos o no, con el fin de educarla y de controlarla. En este estado nuestra mente se muestra aún un poco salvaje no queriendo fijarse de manera continua, se produce un ir y venir sobre el objeto en el que nos concentramos. En la meditación nuestra mente sigue fija en el objeto, pero de una manera continua, no hay un ir y venir, por mi mente no se agolpan pensamientos a los que me apego que me sacan y alejan del objeto en meditación, hay un aquietamiento del flujo mental.

En relación al estado de Samadhi pocas palabras se pueden decir ya que es un estado en el que estamos más allá de nuestra consciencia. Muchos místicos han intentado explicarlo con palabras, pero resulta complicado ya que las palabras pertenecen al dominio de la mente mientras que el estado de Samadhi está más allá de esta. Se podría definir a partir de algunas de sus consecuencias, pero eso no sería definir el estado en sí. Durante el Samahdi se produce una paradoja, somos más conscientes de nosotros mismos de lo que lo hayamos sido jamás, pero a la vez ese estado de consciencia, aún siendo tremendamente claro y preciso, es vago en el sentido de que dejo de estar identificado conmigo mismo, con mi mente y con mi cuerpo, mi consciencia individual se sumerge en la Consciencia Universal de la misma manera que una gota de lluvia se funde con el océano. Paso a sentirme parte de todo lo que es, de esa Consciencia Universal (para otros llamada Dios) que es la que da vida a todo.

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