Integración

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Muchos de nosotros sentimos una profunda necesidad de leer libros relacionados con la espiritualidad y temas afines. Ese impulso que nace de nuestra parte positiva suele ser, en muchos casos, transformado por nuestra parte negativa poniendo sobre él un velo de ambición (no estar nunca satisfechos con la cantidad de conocimiento que hemos adquirido porque hay más por adquirir), de ansiedad (que nos lleva a engullir literalmente los libros), de vanidad (porque usamos el conocimiento para que se nos valore), etc. Así pues algo que inicialmente nacía de nuestra parte positiva es rápidamente transformado, una vez más por desgracia, por nuestra parte negativa. Pero esa transformación se produce de manera sutil, de forma que resulta más complejo de identificar el punto negativo y separar lo que nace de nuestra parte positiva de lo que nace de la negativa.

Esta actitud transformada nos lleva a coger un libro detrás de otro y llenar nuestra cabeza de conocimiento, pero sin transformar nada en nuestra vida diaria, es decir, sin llegar nunca a integrar ese conocimiento. Podemos encontrar muchas personas con gran conocimiento sobre el mundo espiritual y tras observarlas vemos que no han sido capaces de vivir aquello que han leído. Es más, nos hablan no desde su experiencia personal sino de lo que otros han escrito. Y esto de alguna manera genera duda en nosotros ante la verdad expuesta por dicha persona.

Son muchos los maestros que han hablado sobre esto haciendo hincapié en la necesidad de parar nuestra mente, de no dejar que ese impulso o deseo positivo por mejorar sea transformado por nuestra negatividad. Es por ello que nos recomiendan integrar el conocimiento adquirido, de hecho el yoga habla del estudio de las escrituras (refiriéndose al estudio de todo aquello que refleje la verdad y que habrá y expanda nuestras conciencias). Dicen estudiar, no leer las escrituras. Estudiar, implica pararse, relacionar con nuestras propias vivencias, pasar por nuestros filtros de experiencia, reflexionar sobre el tema, etc.

Es importante aclarar que el yoga considera de interés para cada persona todo aquel conocimiento que me sirva para mejorar como persona, es decir, todo aquello para lo que me encuentre preparado a probar y experimentar con el fin de mejorar. Esto deja de lado, al menos temporalmente y hasta que no estemos preparados para ello, todo tipo de lecturas que se alejen de mi realidad y que hablen de temas que a día de hoy sólo llenan mi cabeza y no producen ningún beneficio tangible para mi evolución.

Para que un conocimiento pase de ser algo externo a algo propio, comprendido y sentido, debemos primeramente intentar relacionarlo con nuestras experiencias vitales (creando conexiones en nuestro cerebro entre eso que viene de fuera y que de algún modo queda en la parte ‘externa’ de nuestro cerebro con experiencias de nuestras vidas que estén relacionadas con el tema en cuestión). Ahí veremos reflejado el tema expuesto y podremos valorar por nosotros mismos (por nuestra experiencia) lo que se comenta. Paremos y veamos lo que sentimos.

Cuando leemos algo sobre lo que no tenemos experiencias previas podemos hacer un trabajo de visualización, recreando dicha experiencia y observando el sentimiento que se genera. Imaginemos que somos una persona muy impaciente y que leo que la paciencia genera calma, comprensión y aceptación del otro. Paro la lectura, visualizo una situación en la que haya sentido impaciencia e intento poner en práctica lo que el libro recomienda y observo el sentimiento que me queda (y si realmente es acorde a lo que se comenta en la lectura). Con esto además vamos creando un molde por el cual nos predisponemos a vivir con mayor facilidad la paciencia.

Cuando no relacionamos (estudiamos) lo que leemos o lo que viene desde fuera, no creamos conexiones con aquello y queda aislado y por lo tanto en el olvido.

Así pues, cuando leamos libros sobre mejora personal no tengamos prisa por acabarlos. Cuando encontremos algo que nos llama la atención parémonos, intentemos visualizar aquello y ver qué sentimiento nos mueve o que sensación nos deja. Si tomamos consciencia de que es necesario para nosotros desarrollar ese aspecto del que habla el libro, paremos ahí, dejemos pasar unas semanas poniendo nuestra atención en vivir aquello. Así habremos integrado y dejará de ser un conocimiento externo a mí y pasará a ser una realidad de la que puedo hablar desde mi experiencia personal y mi sentir.

Y es que resulta mucho más sencillo leer y dar por sentado que con ello estamos realmente transformando algo en nosotros, que pararnos, poner nuestra voluntad y dedicar tiempo a intentar vivir aquello que hemos leído y que hemos considerado una verdad que es necesaria integrar en nuestras vidas.

Intentemos hacer este ejercicio de conexión en las clases de yoga cuando exponemos los distintos temas asociados con la mejora del ser humano.

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Desidentificación

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La ciencia occidental se ha basado en la razón y la experimentación instrumental, dejando de lado el sentimiento y la propia percepción humana. Esto nos ha llevado a valorar sólo aquello cuya existencia podía ser demostrada empíricamente. La ciencia ha jugado un importante rol en la construcción de nuestra sociedad y por lo tanto de nuestras creencias y valores. De manera inconsciente la sociedad nos educa (no sólo en nuestra infancia sino a lo largo de toda nuestra vida) pensando que nuestra última realidad son el cuerpo y la mente, llevándonos a una absoluta identificación con ellos.

Multitud de filosofías y etnias indígenas no han separado el conocimiento que se puede adquirir con la razón de aquel que se puede percibir con el sentimiento y otras capacidades sutiles existentes en el hombre. Podemos observar como en su tradición se sigue creyendo en que nuestra realidad última es nuestro espíritu. Pero no sólo se sigue creyendo, sino que se sigue viviendo según esta visión.

El hecho de identificarnos con nuestro cuerpo genera en nosotros multitud de miedos asociados con la enfermedad, el sufrimiento, el envejecimiento, la muerte, etc. Ese desasosiego no existe en aquellas filosofías que han diseñado su forma de vida en el espíritu y no exclusivamente en el cuerpo y la mente.

Al identificarnos con nuestra mente necesitamos defenderla del exterior, ya que si alguien desmonta nuestras creencias para nosotros sólo quedaría el vacío existencial (porque estamos identificados con ello) lo cual pondría en peligro nuestra salud mental. Es por ello que nos aferramos a nuestras ideas y creencias creando castillos bien sólidos que nos permitan defendernos de alguien que ponga en jaque nuestros planteamientos, tengan razón o no. Esto por desgracia nos dificulta el aprendizaje y la evolución ya que nuestra mente se vuelve impermeable a la verdad, porque lo importante es mantener aquello en lo que creemos más que valorar si aquello es realmente de utilidad para nosotros o no.

El que comprende que no es tampoco su mente, la acepta como instrumento valioso pero a la vez imperfecto y eso le ayuda a entender las críticas como oportunidades para mejorar y aprender. Dejamos de estar tan preocupados por tener razón y pasamos a dar prioridad a la verdad, a aprender de las ideas y experiencias de los demás que pueden enriquecer mi mente, transformarla y convertirla día a día en un instrumento de mayor valor para mí. En la medida en que no nos identificamos con nuestra mente, ponemos más fácilmente en tela de juicio nuestras creencias y nuestros valores, lo que nos permite renovar aquello que vemos que da resultados que no son positivos. Al cambiar nuestra mente, cambia nuestra visión y cambiamos nosotros mismos. Dejamos de ser intolerantes, impacientes, orgullosos, soberbios (la soberbia consiste en imponer al otro mi verdad por creer que es la única válida) y prepotentes. Aceptamos al otro y sus defectos son comprendidos y tolerados, en la medida que deban de serlo. La negatividad del otro deja de molestarnos y eso nos permite sobreponernos a ella, nos capacita para ayudar al otro y nos ayuda a ser más felices, porque pocas cosas nos molestan.

La desidentificación es un camino largo que empieza por la reflexión, por la comprensión de que más allá de nuestro cuerpo y de nuestra mente, existe nuestro espíritu y que es ese espíritu el que ha decidido tomar forma humana (con un cuerpo y una mente como herramientas valiosas e indispensables para poder desarrollar las vivencias necesarias). En este momento empezamos a vivir la vida desde otro punto de vista, lo que le sucede a mi cuerpo y mente me afecta de una manera distinta. Las vivencias percibidas antaño como difíciles o duras ya no me incapacitan para actuar positiva y conscientemente, dejo de ser sufridor pasivo y asumo un papel activo.

Muchas personas confunden la desidentificación con la insensibilidad, cuando en realidad no tienen nada que ver. La desidentificación nos acerca al otro, ya que me permite colocarme en un lugar donde la negatividad del otro se relativiza y no me afecta tan directamente. Esto me permite acercarme a él a pesar de su negatividad y ayudarle si quiere mi ayuda. La insensibilidad por el contrario, nos aleja del otro haciéndonos perder el interés por él y por ayudarle.

Lograr la desidentificación de manera gradual no es tan complicado como parece. Cuando vamos al cine podemos encontrar a una persona que está completamente metida en la película y que sufre en primera persona lo que está sucediendo. Se identifica con un personaje y a partir de ahí vive en su cuerpo y su mente sus experiencias. Digo en su cuerpo, porque las emociones que siente hacen que se segreguen una serie de hormonas que son introducidas en el torrente sanguíneo y que afectan a cada una de nuestras células.

Más allá, en la misma sala, podemos ver alguien que observa la película, está en ella pero con cierta distancia, siente, disfruta y sufre pero de una manera muy distinta. Sabe que eso que sucede allí no le sucede a ella, y eso le permite asumir un papel de observador que hace que se percate de muchos más detalles de la película (porque no está identificado con el actor principal) teniendo una visión más completa del conjunto,. Esto le permite aprender, ponerse en el lugar de los ‘buenos’ y los ‘malos’, observar cosas que pasan desapercibidas para los demás, etc., de manera que esa experiencia se convierte en algo enriquecedor, mientras que el que se ha identificado con algún personaje ha asumido simplemente un papel pasivo, dejándose llevar sin más.

Esto mismo que explicamos aquí sucede en nuestra vida diaria. Así pues intentemos asumir ese papel de observador objetivo de nuestros pensamientos y sentimientos, con el fin de poder verlos con claridad y dilucidar si debemos de alimentarlos o por el contrario debemos de transformarlos.

En la práctica de yoga aprendemos la desidentificación adoptando las posturas de estiramiento, donde vamos calmando la respiración y relativizando la molestia producida por el estiramiento. Con el tiempo aprendemos a situarnos en un lugar de nosotros donde esa molestia sigue estando ahí, pero no nos absorbe, sino que nos permite mantener a la vez que relajamos y absorbemos la energía en movimiento.

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Miedo y el sentimiento de culpabilidad

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En la última clase comentábamos algunos de los obstáculos que nos solemos encontrar a la hora de meditar. Hacíamos una pequeña introducción sobre la parte positiva y negativa existente en todo ser humano. Hoy nos adentraremos un poco más en este tema…

Filosofías y religiones han coincidido a la hora de aceptar que en el ser humano existe una parte positiva, ligada a nuestro espíritu y de la que emanan nuestras virtudes y el deseo de ser mejores personas. Y una parte negativa, ligada a nuestra parte más instintiva (propia de nuestra biología animal) y a nuestros defectos. Estas dos partes, conviven en nosotros teniendo cada persona más activa una u otra según sus valores y voluntad.

De la refinación de estos instintos surgen la ambición, la impaciencia, la intolerancia, el orgullo, la búsqueda de valoración, la vanidad, etc., que tienen como denominador común el egoísmo: pensar en mí sin tener en cuenta a los demás.

Así pues todas esas manifestaciones nacidas de la negatividad son en cierta medida comprensibles (en la medida en que en el hombre primitivo fueron necesarias para perpetuar la especie). Pero ahora disponemos de un grado de conciencia superior, y cada día más gracias a la espiritualidad y la ciencia moderna que ubican al ser humano en su lugar, formando parte de un todo: todos hemos nacido de la misma Fuente, por lo que en esencia somos lo mismo (a pesar de que los aspectos accidentales o circunstanciales sean distintos).

Cuando tenemos unos valores claros no nos dejamos llevar por el instinto (tales como el de supervivencia y perpetuación de la especie) que está profundamente arraigado en nosotros (aunque de una manera más sutil). Esos valores se contraponen al egoísmo nacido de nuestro instinto, y nos llevan a actuar de una manera más evolucionada buscando el bien de todos y no sólo el nuestro. Ahora bien esto requiere un trabajo gradual que nos lleve a hacer lo que consideramos que debemos de hacer por encima de los impulsos.

Es por ello que debemos revisar nuestras creencias asociándolo a la nueva realidad, y dejando atrás los paradigmas antiguos que están basados más en la competencia que en la cooperación, construyendo así una nueva visión que nos lleve a hacer y vivir de una manera distinta. Tenemos un ejemplo muy cercano que nos ilustra esta necesidad. Observemos nuestras células, si compitieran entre ellas no sería posible que nuestro cuerpo existiera, ahora bien ellas han entendido su rol dentro de nuestro cuerpo, cada una lo asume entendiendo que al hacer eso como corresponde se está beneficiando todo el organismo y por lo tanto asegurando su existencia.

Ahora bien todo este proceso de cambio de paradigma o de visión no resulta fácil, porque tenemos unos moldes muy arraigados, que además son realimentados por la educación que recibimos y los medios de comunicación de los que nos nutrimos. A esto le tenemos que unir que nuestra parte negativa, más instintiva y conservadora, teme el cambio. Es por ello que intenta evitar esa evolución natural de nuestras conciencias y para ello se vale de diversos mecanismos, entre ellos el miedo y el sentimiento de culpabilidad.

Observemos el sentimiento de culpabilidad. Cuando estamos haciendo algo y nuestra mente es medianamente consciente de que aquello no debe de ser así, la tendencia es a mirar hacia otro lado y acelerar el proceso para llevar acabo la acción (por el supuesto bien que a corto plazo que aquello nos genera). Más tarde surge en nosotros un sentimiento de culpabilidad, que tiene dos componentes esenciales. La primera es que ayuda a que en cierta medida nuestra conciencia quede tranquila, porque no pasa por alto el hecho en sí, sino que tomamos consciencia y nos sentimos mal, y eso deja a mi conciencia tranquila. La segunda es que no nos permite que analicemos la situación. Es decir, no nos deja indagar sobre cómo evitar volver a cometer el mismo error. Esto lo hace a través del rechazo a nosotros mismos, de la vergüenza, etc. Con este mecanismo nuestra parte negativa se asegura el control y mantiene las cosas como están, ya que por un lado le da un señuelo a la parte positiva diciendo ‘sé que lo he hecho mal y me siento mal por ello’ y por otro no permite analizar las causas que lo generaron y por lo tanto impide el cambio.

En lo que al miedo se refiere, empecemos haciendo el siguiente ejercicio ya sea a través de la imaginación o de manera real. ¿Qué aparece en mi mente cuando entro en una habitación que está oscura y donde no puedo percibir absolutamente nada? La tendencia general es a proyectar aquello que tememos. Es curioso que en esa situación no proyectemos algo bonito o agradable sino que hagamos justo lo contrario. La oscuridad abre un espacio en el que nuestra mente no tiene en dónde apoyarse generando inseguridad y miedo, de ahí sus proyecciones. Así pues la ignorancia o desconocimiento hace que proyectemos aquello que tememos y nos hace huir de esa situación. Nuestra parte negativa se vale de esto para mantener ocultas dentro de nuestra mente determinadas cosas con el fin de que no nos enfrentemos a ellas. En el momento en que pongamos luz sobre ellas, tomaremos consciencia de lo que es y en ese momento nos capacitamos para poder aceptar aquello y transformarlo. Así pues a nuestra parte negativa le conviene mantener oculto a través del miedo, determinados contenidos porque eso le asegura que no nos atreveremos a indagar más allá, asegurándose que nos quedamos como estamos. Recordemos el ‘Show de Truman’, donde simplemente a través del miedo al agua le consiguen confinar en un escenario. Eso mismo hace nuestra parte negativa con nosotros, se vale del miedo para mantenernos confinados a una experiencia limitada y de esta manera nos impide cuestionarnos determinadas cosas y enfrentarnos a ellas, porque eso abre un espacio hacia una nueva forma de ser más generosa e integradora, y nuestro instinto lo teme.

Una vez que hemos tomado consciencia de los mecanismos de los que se vale la parte negativa para mantener su influencia, y por lo tanto el control, nos predisponemos a desenmascararlos más fácilmente. Cuando veamos que sucede alguna de estas cosas, intentemos ir más allá comprendiendo que quedarnos en no analizar nos lleva a no aprender. Si somos capaces de hacerlo veremos que al superar los miedos y sentimientos de culpa podemos cambiar aquello que estaba generando ese malestar desapareciendo este para siempre.

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Obstáculos en la meditación

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Numerosos son los obstáculos que encontraremos para poder meditar. Los encontraremos tanto antes de sentarnos (pereza, falta de interés, etc.) como una vez sentados (dispersión, impaciencia, apego). Es por ello una buenísima oportunidad para observarnos y ver cuales son esos motivos que hacen que no me quiera sentar a meditar o impiden que medite una vez sentado. Sólo con el análisis de estos motivos ya estaremos sacando un provecho muy valioso de la meditación, ya que nos ayudará a conocernos más en profundidad. Al observarnos descubriremos falta de sinceridad con nosotros mismos, ya que intentaremos convencernos de que en realidad no tenemos tiempo para meditar o no podemos, o que la meditación es para otros. Veremos cómo nuestra mente busca excusas de todo tipo para evadirse de la meditación, lo cual tiene su por qué como a continuación explicamos. Todos nosotros tenemos nuestra parte positiva (de la que emanan las virtudes) y nuestra parte negativa (defectos), que tradicionalmente se ha representado con el ángel en un hombro y el diablo en el otro conversando con nuestra conciencia e intentando convencerla cada uno en su sentido. Como ya hemos comentado en otras clases, la meditación es una buena herramienta que nos ayuda a ir conociéndonos, ya que permite que aflore lo que hay en nuestro interior. De una manera intuitiva, nuestra parte negativa sabe que la meditación supone el principio del fin de sus vicios o defectos, y es por ello que intenta por cualquier medio poner obstáculos para impedirlo. El miedo y el sentimiento de culpabilidad son dos poderosas herramientas que utiliza nuestra parte negativa. Esta parte negativa usa el miedo para evitar que reflexionemos o nos enfrentemos a determinadas situaciones impidiéndonos superar aquello que nos frena, condiciona o incapacita. También usa el sentimiento de culpabilidad para dejar las cosas tal y como están, porque la culpa no quiere mirar a las causas de nuestra mala acción sino que nos deja lamentándonos sobre nuestra actitud o carácter, sin permitir que analicemos las causas, aprendamos y cambiemos.

Podríamos decir que cada uno pondrá, de manera inconsciente, sus propios obstáculos para no sentarse a meditar. Es por ello que de esta observación ganaremos mucho sobre el conocimiento de nosotros mismos, lo que nos permitirá saber qué debemos de trabajar internamente (unos tendrán que trabajar la pereza, otros no poner excusas y ser sinceros, otros el desapego, la constancia, el compromiso, etc.).

Dado que los obstáculos dependen de la naturaleza de cada persona presentamos, a modo de resumen, algunos de los que consideramos más frecuentes:

  • Impaciencia. En nuestra sociedad vivimos principalmente desde la mente, así pues esperamos que algo suceda mientras meditamos y si no es así tenemos la sensación de perder el tiempo o de no estar haciéndolo bien. Esta actitud es la que impide que meditemos porque nuestra mente está activa, buscando o esperando algo, y lo que buscamos es serenarla, reducir su actividad para abrir paso a otras expresiones de nuestro yo. Así pues seamos pacientes y tengamos en mente que sentarnos a meditar siempre es positivo y tiene un efecto sobre nosotros, aunque no seamos capaces de percibirlo
  • Apego a los resultados. Muchos son los que habiendo leído los beneficios que se derivan de la práctica asidua de la meditación se adentran en ella. Ahora bien, nos hemos acostumbrado a trabajar por cosas que dan resultados a corto plazo, y la meditación no da esos resultados de los que se habla en los libros a corto plazo (aunque sí otros como ya hemos comentado). El querer obtener los beneficios antes de tiempo nos lleva a la desmotivación y después al abandono. Así pues, sabiendo que la meditación da resultados desde el primer momento en que nos sentamos, no nos apeguemos a los grandes beneficios y sepamos ir valorando los “pequeños” (aunque yo no diría tan pequeños) beneficios que nos va aportando.
  • Falta de disciplina. En otras clases hemos comentado la importancia de crear un hábito (horarios, lugar, etc.) para que la mente identifique los patrones y se predisponga a meditar. La falta de disciplina impide que estos patrones se creen, dificultando el progreso en la meditación y minando nuestra moral, teniendo por último resultado el abandono.
  • No seguir la técnica. En los primeros años de meditación seguir una técnica fija para meditar nos ayuda a generar el hábito que predispondrá a nuestra mente a meditar. Así pues una vez que hemos comprendido el sentido de la técnica acojámoslo y cuando dominemos la meditación podremos prescindir por completo de él, porque aquello será en nosotros de una manera tan clara y evidente que pequeños signos nos predispondrán a tal estado.
  • Postura inapropiada. Para poder serenar la mente el cuerpo tiene que estar en una postura cómoda (que no haya tensiones y que podamos mantener durante largo tiempo). Además la postura ha de asegurar un correcto fluir de la energía por el cuerpo, especialmente en la columna vertebral.
  • Hábitos mentales y físicos. Si tenemos poca costumbre de concentrar la mente (ya sea a través de la lectura u otras actividades) nos resultará más complicado meditar. Así pues, apaguemos de vez en cuando la radio y la televisión y dejemos que la mente se relaje adentrándose con las actividades cotidianas que lo permitan (limpieza de la casa, cuidado de plantas o animales, cocinar, etc.). Las personas muy mentales encontrarán más dificultades para meditar que aquellas que tienen una conexión más fluida con su sentimiento. Una vida externa sobrecargada de movimiento físico tiende a promover una mente agitada e inestable.

A medida que nos sentamos a meditar observamos como todos estos obstáculos aparecen y, tras la toma de consciencia apropiada y la concentración correcta, desaparecen con el tiempo, haciendo de la meditación una actividad placentera y renovadora, que vitaliza nuestro ánimo y nuestras emociones positivas.

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Meditación: ¿Por qué meditar?

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El hombre está formado por su cuerpo, su mente y su espíritu, y si quiere disfrutar de una vida sana debe de cuidar estos tres aspectos. La sociedad occidental se ha centrado en el cuidado del cuerpo, lo que ha permitido, en general, que tengamos buenos niveles de salud física. Ahora bien, no es raro encontrar en las personas ciertos problemas relacionados con la mente y el espíritu, tales como la incapacidad de relajarse, de parar la mente, de disfrutar con plenitud, de canalizar las emociones negativas (ansiedad, estrés, agresividad, impaciencia…). Es sabido que cuando no se cuida el cuerpo surge la enfermedad física, así pues no es de extrañar que cuando no se cuidan la mente ni el espíritu surgen los problemas o enfermedades mentales y espirituales (desasosiego, depresión, insatisfacción con nuestras vidas, etc.).

Las máquinas diseñadas por nosotros tienen la necesidad de parar cada cierto tiempo para ser mantenidas, así pues ¿por qué extrañarse de la necesidad de cuidar de la mente y del espíritu? Resulta, pues, curioso que muchos se sorprendan cuando toman consciencia de la necesidad de cuidar la mente y el espíritu, y es que el prejuicio de que ni es necesario ni es importante está fuertemente arraigado en nosotros.

¿Cómo se deben cuidar la mente y el espíritu?

La meditación es una disciplina mental esencial que nos ayuda en el cuidado de la mente y del espíritu, de ahí que todas las religiones y corrientes espirituales la hayan adoptado bajo formas diversas.

Seamos conscientes de ello o no, estamos muy condicionados por nuestra cultura, educación y demás prejuicios personales, lo que nos limita a la hora de decidir y expresar aquello que realmente queremos o creemos que debemos expresar. Es por ello que para poder llevar una vida satisfactoria necesitamos observar y revisar todos esos contenidos de la mente (lo que tradicionalmente se ha llamado introspección). Cuando nos sentamos a meditar empiezan a aflorar todos estos contenidos que no están bien colocados, de la misma manera que cuando la corriente de un río empieza a amainar, aparecen poco a poco las rocas del río que anteriormente eran invisibles. Con nuestra mente en activo resulta imposible que estos contenidos afloren, de ahí la importancia de la meditación. Meditar no es pensar en esos contenido pero si observarlos y tomar consciencia de ellos. Posteriormente, podremos analizar cómo creemos que me está limitando o condicionando aquello que he descubierto y buscaremos la forma de encajar esa pieza del puzzle apropiadamente en nuestra mente para que no genere desorden.

Con la meditación logramos concentrar la mente y por lo tanto vivir más plenamente el presente. Este control mental nos permite parar el proceso de pensamiento, poniéndole en su lugar y sacando de nuestras vidas a ese intruso (el pensar indiscriminado y permanente) que se cuela cuando quiere en ella, impidiéndonos estar tranquilos y disfrutar.

Todos pasamos por épocas en las que no sabemos qué sucede pero nos sentimos extraños como si algo no fuera bien. La desconexión con nuestro espíritu (nuestro interior) no nos permite identificar la causa de aquello, lo que nos lleva a actitudes extrañas y muchas veces a tomar decisiones que no tienen nada que ver con el asunto en cuestión por el mero hecho de desconocer su causa. La meditación nos ayuda a parar la mente y abre un espacio que permite que afloren nuestros sentimientos más profundos. Al aflorar tomamos consciencia de ellos, lo que nos pone en una situación privilegiada para poder analizarlos y cambiar lo que sea necesario.

Muchas de nuestras decisiones más importantes en la vida han sido tomadas con poco convencimiento o claridad debido a nuestra poca conexión con nuestro espíritu. La meditación, nos conecta con él ofreciéndonos una información valiosísima para decidir desde nuestra verdadera necesidad y no desde los prejuicios, miedos, o lo que los demás piensan.

La meditación es un tónico mental y nervioso, ya que logramos que la energía vital fluya armoniosamente. Además, nuestra capacidad de análisis y discernimiento (tanto intuitivo como racional) se ve aumentada, lo que nos ayuda a tomar decisiones con consistencia.

Muchas personas, después de lecturas relacionadas con la meditación se ven pronto desilusionadas ante la dificultad de conseguir los resultados esperados de manera inmediata. Pero al igual que en la práctica del Hatha Yoga, la meditación empieza a dar beneficios desde el primer momento en que nos ponemos a ello. A lo largo de todo ese camino de aprendizaje y de asimilación de experiencias vitales, van aflorando de nuestra mente todos nuestros deseos no colocados, miedos, prejuicios, negatividades, etc., que son los que nos impiden vivir plenamente.

Todo ese proceso es, por lo tanto, muy necesario ya que nos permite ir colocando en nosotros mismos todo aquello que no está en su lugar, y que disturba nuestra mente y nuestra serenidad. Según vamos avanzando en este proceso nuestra mente va estando más calmada y el estado meditativo surge.

Empecemos por lo tanto por deshacernos del prejuicio que nos lleva a no valorar ni aprovechar el proceso, y entendamos que el fin llegará por sí mismo una vez que hayamos tomado las medidas apropiadas para conseguirlo, es decir, sentarnos asiduamente a meditar.

Nota: No es recomendable que las personas que sufren depresión se inicien en la meditación, ya que es normal al principio que nuestra mente divague y se ponga a pensar en lo que nos preocupa. En el caso de depresiones esto no es aconsejable porque puede acentuar la enfermedad.

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Curso de Verano

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Tenemos el placer de presentarte el curso de Yoga Integral que tendrá lugar del 16 al 21 de agosto en plena naturaleza. Un lugar ideal para adentrarnos en la filosofía y en la práctica del yoga de una manera amena y profunda. Intentaremos aprovechar todo lo que esta filosofía de vida nos ofrece en nuestra búsqueda de la felicidad.

Para más información puedes acceder a: www.fundacion-neghada.com

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Meditación II

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En la clase anterior ubicamos el lugar que ocupa la meditación dentro de la práctica del Raja Yoga (recordamos que el Hatha Yoga forma parte de éste). Hoy comentaremos los aspectos más prácticos de la meditación.

Es necesario empezar diciendo que la meditación como tal no puede ser enseñada, ya que es un estado de la mente que sobreviene en un momento dado, bajo unas circunstancias concretas. En este sentido, y a modo de símil, podemos referirnos a sueño (en el sentido de dormir, no en el de ensoñación). Nadie puede enseñarnos a dormir, nos pueden dar una serie de pautas que nos predispongan a ello, pero que de por sí no aseguran el resultado. Nos pueden enseñar a ponernos el pijama, a lavarnos los dientes, apagar la luz, meternos en la cama, e incluso adoptar una postura concreta, pero hasta ahí llega la enseñanza. A partir de ahí el sueño sobrevendrá o no, y nadie nos puede enseñar como. Es más, no podemos luchar contra la mente, si esta mantiene su actividad impidiendo al sueño hacerse presente. Queda con esto dicho que lo que a continuación exponemos es un método (uno dentro de los muchos que existen en Yoga) para prepararnos a la meditación.

Por otro lado sí que resulta de interés explicar de antemano el por qué de la necesidad de un método y de los beneficios de seguirlo (al menos mientras sigamos siendo principiantes en la meditación). El Yoga ha desarrollado un profundo conocimiento de la mente humana y ha entendido que a través de la creación de hábitos podemos predisponer a nuestra mente para que entre en un estado concreto. Esto es lo que buscamos a la hora de seguir el método, dar unas pautas a nuestra mente para que, según las va identificando, vaya poco a poco adentrándose en ese estado, cada vez más familiar, de la meditación. Evidentemente, cuando hayamos adquirido la práctica suficiente y un buen control de la mente algunos de estos elementos sobrevendrán casi por si mismos sin necesidad de pensar en ellos.

Veamos a continuación algunos factores importantes en la meditación:
1. Horario. Resulta de gran ayuda meditar siempre que se pueda a la misma hora, y preferiblemente al amanecer y/o al atardecer. Aún así observemos nuestra naturaleza, cada uno la suya y veamos en que momentos del día creemos nosotros que tenemos una mayor facilidad para meditar.
2. Lugar. Lo ideal es que sea un sitio exclusivo para la meditación, o en su defecto un rincón de una habitación en la que no se suela hablar mucho, ni haya una televisión. Recordemos que la mente humana actúa como emisor y receptor de ondas cerebrales (electromagnéticas) que tienen la misma naturaleza que las ondas de radio y televisión. Así pues, meditar en un sitio de gran actividad mental dificultará la práctica. Preferiblemente orientémonos mirando al Norte o al Este.
3. Postura.
a. La columna vertebral ha de estar recta y si nos resulta posible sin estar en contacto no nada. No es necesario meditar en la postura del loto, ni siquiera en el suelo, podemos hacerlo en una silla sin apoyarnos en el respaldo.
b. Las piernas han de estar cruzadas con el fin de que el flujo energético del cuerpo no se disipe a través de los pies sino que vuelva a ser reorientado en un ciclo sin fin.
c. Las manos apoyadas, por ejemplo, sobre las rodillas con el índice y corazón unidos.
4. Tiempo. Empezaremos meditando 20 minutos aumentando el tiempo según nos vaya siendo cómodo.

En lo que al método en sí, recordemos que este es uno de los métodos que existen entre otros muchos. Digamos que de la misma manera que la relajación es un estado y hay muchos caminos para llegar a éste, la meditación es un estado y hay muchas técnicas para llegar a esta.

El hecho de seguir los mismos pasos del método que presentamos, ayuda, como ya hemos dicho, a crear un hábito que nuestra mente identifica y relaciona con la meditación haciendo más fácil ésta. Los pasos a seguir son:
1. Una vez que estamos sentados tomamos consciencia del momento presente, de por qué nos sentamos a meditar, es decir, traemos nuestra conciencia al ahora.
2. Vamos regulando poco a poco la respiración de manera que mantengamos una respiración con un mismo ritmo, que vaya entrando en la monotonía. Si es posible respiramos abdominalmente.
3. Una vez que mi mente se va sosegando a través de la respiración lenta, observamos la mente. Puede que al principio esté muy activa, no importa, no luchamos contra ella. Si luchamos generamos una forma de energía agresiva que dificultará aún más la meditación. Con paciencia, y siguiendo la respiración rítmica, finamos la mente ya sea en el entrecejo o en el plexo solar (esternón). Ahora resulta más fácil fijar la mente, ya que ésta necesita un objeto sobre el que estar posada. Si no hay objeto se aferrará al primer pensamiento que aparezca por ella. Elegimos siempre el mismo punto donde fijar la mente (recordemos que estamos intentando generar un hábito) y si nos resulta complicado fijarla porque no percibimos la sensación táctil de ese lugar podemos visualizar la llama de una vela en el punto de meditación elegido, lo cual ayudará y facilitará a mantener la concentración.

Con la práctica iremos observando cómo nos resulta cada vez más sencillo mantener nuestra conciencia en el punto de concentración sin que pensamiento alguno disturbe dicho estado. Como en la creación de cualquier hábito la perseverancia y asiduidad son claves si queremos lograr nuestro objetivo.

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Meditación I

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Hemos comentado en otras ocasiones que el Hatha Yoga forma parte de uno de los cuatro senderos del yoga: el ‘Raja Yoga’ o yoga de la mente. Pero el Raja Yoga no sólo comprende el ‘Hatha Yoga’ sino otras formas de yoga como pueden ser el kundalini yoga. El ‘Raja Yoga’ se caracteriza por tener ocho etapas que llevan progresivamente a la consecución del fin último del yoga: la realización del Ser, es decir, el percibir de manera clara y permanente la unión con la Consciencia Universal (o Dios) y por lo tanto con los demás. Una vez eliminado de nosotros la ilusión de la separación y habiendo experimentado que la esencia que nos anima es la misma, para el hombre realizado deja de tener sentido el tratar a otros de manera diferente a como se trata a sí mismo. Entiende que hacer esa diferenciación sería lo mismo que tratar de manera distinta mi mano izquierda de la derecha, cuando en el fondo forman ambas parte de mí. Como es de esperar el proceso por el que logramos dicha realización conlleva la transformación del egoísmo (una vida basada en el yo) en generosidad y amor (una vida en la que me mantengo pendiente de las necesidades de los demás).

Las ocho etapas tienen un orden lógico como explicamos a continuación:
1. Restricciones (Yama).
2. Observaciones (Niyama).
3. Posturas físicas (Asana).
4. Control del prana a través de la respiración (Pranayama).
5. Retracción de los sentidos (Pratyahara).
6. Concentración (Dharana).
7. Meditación (Dhyana).
8. Supraconsciencia (Samadhi).

En las últimas clases venimos hablando en detalle de cada unas de las ‘restricciones’ y ‘observaciones’ que tienen por objetivo ir transformando poco a poco nuestra negatividad que al final nos impide y condiciona en la expresión de lo que realmente somos, un espíritu con cualidades positivas como el amor, la aceptación, la generosidad, la compasión, etc. Los yoghis han experimentado que si seguimos las pautas marcadas por las restricciones y observaciones, el hombre camina hacia una vida de felicidad y de plenitud. Si por el contrario no las sigue habrá una mayor tendencia hacia la frustración y el vacío.

Tradicionalmente en India, una persona que se quería adentrar en el estudio del yoga (como estilo de vida y forma de perfeccionamiento humano) no empezaba con la práctica física (lo que conocemos en occidente por yoga) hasta no haber desarrollado en cierta medida los puntos uno y dos. Para el Yoga, como para la ciencia occidental, una grandísima parte de las enfermedades tienen su origen en nuestra forma de vivir y más concretamente en el uso que hacemos de la mente (origen psicosomático de las enfermedades). No tiene pues sentido empezar a trabajar el cuerpo, para devolverlo a su estado natural de salud y flexibilidad, si lo que causa la enfermedad sigue estando presente: violencia, mentira, falta de contentamiento, avidez, etc. Una vez realizado ese trabajo de mejora personal, comenzaban a aprender las ‘posturas físicas’ y el pranayama, con el fin de mantener el cuerpo y la mente sanas, a la vez que se armonizaba el flujo energético en el cuerpo.

Habiendo logrado una limpieza de mente (lo que implica limpieza de pensamiento, de acción y de sentimiento) y habiendo preparado el cuerpo el yogui está preparado para adentrarse en la meditación. Es de esperar que si una persona no ha hecho ese trabajo previo, cuando intente meditar habrá un montón de pensamientos ‘no colocados’ que aparecerán en su mente buscando su lugar.

Siguiendo con el punto cinco, en las clases de yoga vamos trabajando la retracción de los sentidos a través de la interiorización, por medio de la concentración de nuestra mente sobre la respiración, los órganos, etc., intentando desconectarla del mundo exterior con el que nos comunicamos a través de los sentidos.

Los tres últimos pasos están relacionados aunque difieren grandemente en su naturaleza. Dharana consiste en ir concentrando la mente en objetos, externos o no, con el fin de educarla y de controlarla. En este estado nuestra mente se muestra aún un poco salvaje no queriendo fijarse de manera continua, se produce un ir y venir sobre el objeto en el que nos concentramos. En la meditación nuestra mente sigue fija en el objeto, pero de una manera continua, no hay un ir y venir, por mi mente no se agolpan pensamientos a los que me apego que me sacan y alejan del objeto en meditación, hay un aquietamiento del flujo mental.

En relación al estado de Samadhi pocas palabras se pueden decir ya que es un estado en el que estamos más allá de nuestra consciencia. Muchos místicos han intentado explicarlo con palabras, pero resulta complicado ya que las palabras pertenecen al dominio de la mente mientras que el estado de Samadhi está más allá de esta. Se podría definir a partir de algunas de sus consecuencias, pero eso no sería definir el estado en sí. Durante el Samahdi se produce una paradoja, somos más conscientes de nosotros mismos de lo que lo hayamos sido jamás, pero a la vez ese estado de consciencia, aún siendo tremendamente claro y preciso, es vago en el sentido de que dejo de estar identificado conmigo mismo, con mi mente y con mi cuerpo, mi consciencia individual se sumerge en la Consciencia Universal de la misma manera que una gota de lluvia se funde con el océano. Paso a sentirme parte de todo lo que es, de esa Consciencia Universal (para otros llamada Dios) que es la que da vida a todo.

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Devoción al Señor

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El yoga considera que hemos sido creados por Dios y que formamos parte de Él. Dado que nuestro espíritu está inmerso en la materia, ha perdido temporalmente el conocimiento de sí mismo y se percibe aislado y distinto del resto. Como ya hemos comentado el yoga busca descorrer los velos de la mente que nos confunden y hacen pensar que somos aislados de los demás. Nuestra mente, a través de las percepciones sensoriales externas y de su propia experiencia se cree única y es por ello que tiene una tendencia a actuar de manera egoísta. Ahora bien con la práctica del yoga en su conjunto, es decir no sólo de lo que son las ásanas, el pranayama, y la relajación, vamos siendo capaces de ir descorriendo lentamente esos velos y ampliando nuestra visión percibiendo a los demás como si fuéramos nosotros mismos. Este proceso es difícil y largo, y es por ello que el yogui entendiendo su pequeñez e incapacidad eleva la vista a Dios, se une con Él en oración y meditación para pedirle, como Creador y Padre nuestro, que nos ayude en nuestro trabajo de transformación del egoísmo a la generosidad, del rechazo a la aceptación, del miedo al amor… Para poder evolucionar como personas necesitamos aceptar que hay algo superior a nosotros, que sea nuestra referencia, nuestro camino, sino nos veremos abocados al estancamiento. Imaginemos el caso de un niño que considera que lo sabe todo y que no tiene nada que aprender de los adultos, permanecería sin duda estancado en su estado.

Cuando el yogui eleva humildemente su oración a Dios, abre literalmente sus canales energéticos para permitir que una nueva energía fluya sobre él, ayudándole en la transformación y en la desidentificación de la mente, mostrándole otras formas de ver la vida y comprender las cosas. Recordemos las palabras de Jesús de Nazaret al respecto: ‘Dios da su luz a los humildes y se la niega a los soberbios’. Al orar a Dios nos desidentificamos de nuestro ego, reconociendo la necesidad que tenemos del amparo de Dios. Mientras sigamos pensando que somos omnipotentes y que podemos tener bajo control todas las circunstancias de nuestra vida, nos estaremos cerrando a la ayuda que Dios nos puede y quiere aportar. Paralelamente al aspecto espiritual y sin menospreciarlo, en Occidente se han llevado a cabo estudios sobre cómo afecta a nivel físico y mental, las emociones generadas en un profundo acto de devoción a Dios. Y es que esas emociones tienen un impacto positivo y beneficioso a nivel celular, es decir, en millones de células de nuestro cuerpo.

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Autoestudio

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Este niyama es traducido como estudio de las Escrituras o estudio del Ser.

El yoga busca la unión en distintos niveles. Por un lado la unión de todas las partes que conforman el ser humano, su cuerpo, emociones, sentimientos, las distintas facetas de la mente, etc. Por otro lado, la unión con nuestro entorno formado por personas, animales, plantas, etc. Y por último, la unión con Dios o el Espíritu Supremo. Evidentemente no es una búsqueda sencilla y para ir caminando acertadamente en esa dirección necesitamos conocer la verdad, la verdad sobre qué y quiénes somos realmente, la verdad sobre el mundo que nos rodea y sobre el Cosmos.

Lograr un conocimiento mínimo de estos por qués y cómos es absolutamente necesario para poder alinear nuestra forma de vida con el objetivo de ésta. El estudio de las obras escritas por aquellos que ya han recorrido nuestro mismo camino nos ayudará para comenzar a andar. Sin duda serán de valiosa ayuda hasta que tengamos un conocimiento mínimo sobre el funcionamiento de nuestra mente y de nuestra persona en su conjunto, tales como la interrelación entre pensamientos, emociones y sentimientos, y seamos capaces de discernir por nosotros mismos. Pero llega un punto en el que hay que ir aplicando todo ese conocimiento a la realidad de uno mismo. A partir de aquí las obras escritas y demás referencias sirven de apoyo pero como complemento a la introspección. Descubrimos así nuestros deseos ocultos, nuestros miedos y prejuicios, nuestras motivaciones, etc. Vamos comprendiendo el por qué de nuestros impulsos, nuestras necesidades e inclinaciones lo que nos permite tomar decisiones sobre nuestras acciones disponiendo de mayor información sobre nosotros mismos.

Es evidente que tomar decisiones acertadas en la vida sin disponer de la información suficiente resulta a la vez difícil y estresante. Por el contrario el conocimiento de nosotros mismos y del objetivo de la vida, nos aporta un criterio propio y sólido que hace que nuestras decisiones tengan una mayor probabilidad de llevarnos a buen puerto.

Hay que aclarar que el estudio tiene por objetivo arrojar luz sobre nosotros de manera que nos permita conocernos y conocer la vida un poco mejor. Para los yoguis el estudio que aporta conocimientos no aplicables para la evolución personas es estéril y no tiene sentido si lo que buscamos es el conocimiento de uno mismo.

Por otro lado, el estudio de uno mismo comienza a partir de la observación de nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, etc. En la práctica del yoga vamos observando todos estos elementos y tomando consciencia de ellos. Con el tiempo desarrollamos esta capacidad de observación en cada instante del ahora, logrando un mayor conocimiento de nosotros mismo y siendo capaces de actuar de manera creativa y voluntaria, no reactiva y condicionada.

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